Ayer visitamos las ruinas de la Acrópolis en Atenas. Delante nuestro en la fila para sacar las entradas estaba una chica española que había venido a Grecia como voluntaria para ayudar a los refugiados paquistaníes, afganos, palestinos y sirios. Había pasado un par de meses en un campo en las islas y se quedaba un mes más en Atenas, para luego volver a Barcelona a completar sus prácticas de derecho.
Nos habló casi sin parar durante la media hora que nos tomó conseguir las entradas. Hablaba con un hilo de voz que se mantenía firmemente al borde del llanto, contándonos que apenas había médicos en los campos y que ella no tenía ninguna preparación para ayudar a nadie, que simplemente había venido con una ONG que se dedicaba a organizar actividades culturales como cine o teatro o bailes para los refugiados, para «alegrar un poco esa situación miserable». Nos contó que hacía dos días un paquistaní que apenas hablaba inglés le había mostrado una foto de su hija de tres años, que había sido deportada junto con los otros catorce miembros de su familia que habían hecho el viaje; después de decirle que se sentía muy solo se largo a llorar y a golpear la cabeza contra el piso. Después nos contó del profesor de economía palestino que había dejado a su familia en la franja de Gaza para tratar de conseguir trabajo en Grecia; después de vivir los peores meses de su vida en la calle consiguió trabajo pintando casas, y finalmente como economista, quizás ahora podía traer a su familia que por suerte había pasado ese tiempo en Gaza. Nos contó que los afganos hablan pashti, los sirios y palestinos árabe, y los paquistaníes urdu. Que esperaba volver a Atenas para hacer un master porque la gente en Grecia le parecía la más cálida y abierta y amorosa que había conocido. Que le encantaba el idioma y quería volver.
La cajera no le reconoció su estátus de estudiante, vaya uno a saber por qué, y en lugar de entrar gratis tuvo que pagar veinte euros. Puteó un poco en español, un poco en griego, y se fue sin despedirse mientras yo compraba nuestras entradas. Hoy leí esto:
No es el menor aspecto trágico de esta catástrofe [la segunda guerra mundial] que la humanidad haya aprendido a vivir en un mundo en el que el asesinato, la tortura y el exilio de pueblos enteros se han convertido en experiencias cotidianas que ya no percibimos.
— Eric Hobsbawm, The Age of Extremes.