[...] pero lo que mantiene a la bestia, y la mantendrá aún por eternidades, a distancia de la señorita, es el misterio infinito y lo infinitamente extraño de las armas, como esas bombitas que ellas llevan en sus carteras y cuyo líquido proyectan a los ojos de las bestias para hacerlas llorar, y así vemos de repente a las bestias llorar delante de las señoritas, toda dignidad destruida, ni hombre, ni animal, convertirse en nada, mas que lágrimas de vergüenza en la tierra de un campo. Por eso bestias y señoritas desconfían el uno del otro tanto como se temen, porque uno sólo inflige los sufrimientos que puede soportar y sólo teme los sufrimientos que uno mismo no es capaz de infligir.
Entonces no niegue decirme el objeto, se lo ruego, de su fiebre, de su mirada sobre mí, la razón, dígamela; y si se trata de no herir su dignidad, dígala como quien se la dice a un árbol, o frente al muro de una prisión, o en la soledad de un campo de algodón por el cual uno asea, desnudo, de noche; dígamela sin siquiera mirarme. La única verdadera crueldad de esta hora del crepúsculo en la que ambos nos encontramos no es que un hombre hiera a otro, o lo mutile o lo torture, o le arranque los miembros y la cabeza, o incluso lo haga llorar; la verdadera y terrible crueldad es la del hombre o la del animal que hace que el hombre o el animal permanezcan inacabados [...]