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ElEstudiante153

enero 5, 2012

En una de las primeras escenas de El Estudiante,  un alumno interrumpe constantemente una clase de historia. Sus argumentos servirían para interrumpir casi cualquier clase de Puán [y por qué no, de Exactas], y la respuesta del profesor es imponerle un contexto específico a la discusión. Lautaro declara que “nunca más va a volver a esta clase” [sus convicciones políticas lo llevan de vuelta un par de semanas más tarde].

Esta escena es una pequeña muestra del mecanismo básico de la primera parte de la película: presentar, de manera totalmente fiel, el discurso ajeno al contexto que se suele manejar en política [si bien el contexto universitario es fuente de infinitos ejemplos, cualquier persona que preste atención a la relación entre lo que los políticos dicen y lo que hacen va a reconocer la situación]. Se habla de “elecciones”, “puestos”, “acuerdos”, “plenarios” sin que nadie diga en específico de qué elecciones, de qué cargos o de qué acuerdos se está hablando; ¿qué importa? el discurso es siempre el adecuado. Las actuaciones son impecables: están tan bien asimilados a sus papeles que uno puede imaginar que las escenas de asambleas fueron filmadas en verdaderas asambleas de la UBA, donde los actores presentaron los discursos que escuchamos en la película. Los aplausos y los silbidos son gratis.

Es en esa primera mitad que la película gana nuestra confianza: muestra de manera tan fiel el discurso político público que uno está dispuesto a creer que hace lo mismo con el privado, en dos sendas escenas en las que el estudiante pasa a la oficina de un alto funcionario [simbolo por excelencia del acuerdo privado].

Justamente la familiaridad con ese discurso hace que la película sea demasiado explícita en muchos puntos. La voz en off suele acotar cosas de las que todas maneras nos enteramos, o al menos imaginamos: “… llega por tercera vez a Buenos Aires para empezar una carrera” “…trabajo que seguramente le había conseguido algún miembro de la agrupación…”, “se había vuelto su hombre de confianza”. En general, la historia flaquéa cuando busca profundizar en la vida de sus personajes: sus motivaciones son sencillas y hasta ingénuas [como deberían serlo]. El final pierde fuerza al intentar renegar de esa visión; quizás es lo más próximo a un “final feliz” que la historia podía tener para Roque. En una película tan [innecesariamente] explícita, queda flotando la sensación de que el estudiante se ha vuelto un engranaje más del círculo vicioso en el cual una persona políticamente habil consigue que la gente se mueva ["eso se arregla..."], motivado siempre por objetivos personales. Que ese objetivo sea la redención personal, y joder al malo de la segunda parte de la película, es ciertamente incidental.

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